Una discusión en serio

El fin de semana ardió en llamas la pradera a raíz de la propuesta del IR, de público conocimiento, y las reacciones a un lado y otro que ella suscitó. Sobre este tema quiero hacer algunas puntualizaciones relevantes.

Primero. Proteger la Universidad de la República, no es quitar el mecanismo de exoneración a las donaciones que hacen los privados a las Universidades Privadas. Eso es simplemente atacar a las segundas. No hay forma de probar que el quite de las exoneraciones vaya a mejorar en algo la situación económica de la UdelaR. Por el contrario, posiblemente afecte la gestión de las privadas en cierto grado y no cambie absolutamente nada el desempeño de aquella otra. Por otra parte si hay una protección debe existir un ataque o un peligro potencial. No veo a nadie amenazando a la UdelaR, salvo que quienes proponen la medida consideren que es el propio partido al que pertenecen quien lo hace. Si así fuera, el mensaje político está dirigido a la interna y de una forma no muy constructiva para el país en su conjunto.

Segundo. Chetos somos todos. Circula en las Redes Sociales una foto de una muchacha con un cartel que dice “no mantengamos más chetos” . Al respecto, lo siguiente: todos los que van, o fuimos a la UdelaR, somos privilegiados – (chetos en el argot). Hemos tenido el lujo de ir a una Universidad pública pagada por los impuestos de todos. Incluidos en ese todos los más pobres que no han llegado a ella, o que llegan en cuenta gotas. Para abrirse paso en la educación hasta el nivel terciario, primero hay que superar varias trampas lamentablemente. En ese sentido también todos sabemos que en la UdelaR es bastante probable tener algún compañero  hijo de un millonario, pero prácticamente imposible a un gurí marginal. De esto resulta una forma de financiamiento bastante injusta muchas veces.

Siguiendo el hilo de la financiación: quienes se reciban luego devolverán una parte de ese financiamiento a través del Fondo de Solidaridad. Quienes no lo hagan – sobre todo los estudiantes eternos y los militantes que no se dedican a estudiar- habrán hecho un uso bastante egoísta de recursos de toda la sociedad, que probablemente otros merecieran más.

En este sentido creo que sería conveniente, entonces, hacer una lectura más fina del lugar que cada uno de nosotros ocupa, o ha ocupado, como estudiantes de la Universidad de la República y en la caracterización de privilegiados, o pudientes, llegado el caso.

Tercero. Es difícil encontrar una explicación del rechazo tan fuerte respecto del direccionamiento “privado” del gasto del Estado, cuando se trata del sector educativo, y no cuando se trata de otros sectores. Pensemos en los beneficios impositivos de los juegos de azar, por poner un solo ejemplo. El fondo, político e ideológico en este punto, parece pasar más por la preferencia entre diversidad o uniformidad educativa, que por el direccionamiento del gasto por parte de privados. Y explica parte de la preocupación y reacción de una serie de personas que no tienen intereses creados en el asunto. ¿Por qué es tan grave la diversidad educativa? ¿No es posible caminar hacia un esquema que asegure niveles de excelencia mínimos y ofertas diferentes? En todas partes del mundo existen diversas Universidades Privadas, pero a su vez más de una única Universidad Pública. La diversidad enriquece.

Cuarto. Una de las ideas que se manejan a favor de la UdelaR, es que “el Estado somos todos” y por ello es lógico preferir la universidad pública a la privada. Esto obviamente es real, pero también contiene algo de engañoso, como la afirmación de que la UdelaR es gratuita y “para todos”: el Estado hoy día, mal que nos pese, está exasperantemente parcelado en chacras a distintos niveles en las que el ciudadano común y corriente poco influye, y frente a las cuales hasta el propio gobierno tiene dificultades enormes para implementar reformas. La educación pública en lo que le toca, es desde hace décadas un campo de batalla. Y ese es el padre de todo este lío que se ata con el punto anterior. Lo que se disputa, en el fondo, es el control de los contenidos.

Quinto. Macarena Gelman puede opinar e incidir en este tema y cualquier otro, más allá de que tenga un título universitario o no. Desde su lugar de diputada o ciudadana. Esto no debería ser necesario aclararlo a esta altura. Las discusiones deben darse con buenos argumentos y no con chicanas. Lo que sí debe pedírsele a ella, como a cualquier otra persona que pretenda llevar una discusión seria, es rigor.

Sexto. ¿Cuál es el norte de la educación? Se gastan tinta y bits a raudales en pelear por las partidas presupuestales, en comparación con el esfuerzo que se pone en explicar a la ciudadanía para qué es que se necesitan esas partidas, cómo se ejecutarán, qué resultados se esperan alcanzar, como se medirán, etc., etc., etc. Si ese trabajo se hiciera, y en el caso de que ya esté hecho se difundiera eficazmente, podríamos pensar mejor el tema y tal vez esta discusión ya estaría saldada.

Séptimo y último. En este momento no, ya hace dos años atrás por lo menos, tendría que haberse estado discutiendo el financiamiento de la UdelaR. No ahora en una Rendición de Cuentas a las corridas y dando la sensación, aunque tal vez no sea así, de que es una propuesta realizada sin el estudio ni la meditación necesarias. Si es programática, ¿por qué ahora la propuesta y no un año o tres meses antes?

Ahora bien, si se encarase una discusión seria y nos guiásemos por los hechos, tal vez podríamos encontrar que los problemas de la UdelaR, pero más importante aún, de la educación en general radican más en cuestiones de diseño que de capital, por ejemplo. O tal vez no, tal vez lo contrario. No lo sé. Pero en cualquier caso saldríamos ganando, porque el objetivo no es, o no debería ser, reivindicar una ideología sino crear soluciones de impacto real, que solucionen valga la redundancia problemas reales. El objetivo a mi modesto entender, es que escolares, liceales y universitarios tengan acceso a una educación de calidad, que les ayude a desarrollarse como personas, y a desenvolverse al mismo tiempo en un mundo cada vez más competitivo y exigente. Y no me parece que eso sea patrimonio de una ideología en particular.
Este Post fue publicado originalmente en Voces el 4/08/16

El capitalismo que llegó, y que vendrá.

Volví a leer la nota de Grompone en Voces e insisto, como ya lo han hecho otros, que nada más lejos del fin del capitalismo. Y discrepo con él particularmente en algo que es muy importante pensar para entender dónde estamos parados y hacia dónde vamos, como país y como personas, en el SXXI: el papel de los medios de producción en el capitalismo informacional que ya llegó, y que está por venir también.

En este capitalismo los medios de producción serán cada vez menos los factores determinantes de las posiciones (Weber) o clases (Marx) que nos toque ocupar en la nueva sociedad del S.XXI, al contrario de como sucedía en el SXIX y XX.

Claro que es importante y básico si trabajo para un patrón, o si trabajo para mí mismo, en términos de autonomía, y claro que posee más riqueza quien es propietario que quién no. Pero en términos más grandes y profundos, lo que está sucediendo en el capitalismo es que “es cada vez menos importante quien es el dueño de las máquinas”, dicho a lo bruto, en comparación a “quien es el dueño de la información o del conocimiento” y sobre todo: el uso inteligente que pueda hacer de ella. Porque no vale solo  tener datos, sino cómo usarlos para crear riqueza con ellos.

La gestión del conocimiento es aquello que aporta más valor conforme pasan los años. ¿Cuál es el stock físico de Google, Facebook, Microsoft, Wells Fargo, Nestlé o Novartis? ¿Son acaso dueños de grandes fábricas? No. Son dueños de patentes, de información, y de conocimiento, y a la vez, se han posicionado de manera que lo que ellos ofrecen todos lo conocemos y lo necesitamos. Las únicas empresas que han mantenido o acrecentado su valor en base a derechos sobre determinadas propiedades físicas son las petroleras, por ejemplo: Dutch Shell, Exxon, Chevron, (esta última está explotando Vaca Muerta, en Argentina, que no es un yacimiento propio; la concesionaron – luego de mucho bombo patriotero cuando echaron a Repsol – porque sabían cómo desarrollar el fracking). Ni siquiera Intel, esa gran fábrica sin la que no funcionarían la mitad de los PC’s está en el TOP 10 de las empresas más valiosas por cotización en mercado.

En ese sentido la propiedad de “los medios de producción” en la Sharing Economy, no es importante. Los medios los ponemos todos: a saber, autos, apartamentos, y hasta dinero que podemos prestar a otros a través de una App. Eso no significa, ni significará, el fin del capitalismo, sino que más bien una reformulación ya bastante preanunciada del mismo. Una reformulación que por cierto a mi juicio puede sí traer mejoras, pero que está lejos de lo que comenta Grompone. Es que la Sharing Economy baja las barreras de entrada a algunos mercados, y permite que más gente ‘común y corriente’ entre en él desde el lado de la oferta, a partir de utilizar una “plataforma” que permite compartir esos activos (llámese Uber, AirBnb, KickStarter, etc.). Si se quiere poner en otros términos: democratiza más el acceso a los mercados, digamos. Y más que nada, trae una capacidad dinamitadora de algunos viejos monopolios, y un fortalecimiento de la competencia por demás bienvenida.

Pero eso, bien lejos del fin del capitalismo. Es más, podríamos argumentar por el contrario que, en cambio, esto va en pos de los postulados más tradicionales del liberalismo: la libre competencia! Aunque ojo, ahí también estaríamos metiéndonos en otro brete.

En definitiva, lo que me parece valioso de la nota de Grompone, es que invita a pensar y polemizar. Pero en ese sentido lo siguiente: miremos esto que estamos viviendo para comprender mejor cómo crecer y aprovechar los beneficios que trae  el nuevo capitalismo de la sociedad de la información (sin perder de vista los problemas que deberemos vigilar ). Y aprendamos a cabalgar esta realidad, en vez de formularnos un cómo “hacer la revolución 2.0”.

Publicado en Voces, el 25/11/15

Del país de la eterna discusión, al país de la acción

En algún momento del siglo XX algo extraño debió suceder, para pasar de un país que construía el Estadio Centenario en seis meses, a otro que preferiría estar seis meses discutiendo el tamaño de las butacas, antes de volcar un kilo de hormigón.
Entrado el siglo XXI uno percibe una cultura dispuesta a discutir las cosas, lleven el tiempo que lleven. Pero muy poco generosa en cambio, cuando de efectivamente hacerlas se trata.
Y entre tanto runrún por el acuerdo Google / Ceibal, uno no puede evitar reconocer esa faceta. Ese sector de gente “bien pensante” siempre con una idea mejor – a la de otro – pero nunca una propia. Siempre pronta a cuestionar, pero nunca a hacer. Ni por supuesto, a permitir que otros hagan.

El Uruguay en el que mi generación nació, está repleto de estupendos críticos para encontrar fallas en las propuestas de los demás. Un Uruguay al que le encanta discutir fabulosos planes, y nunca se inquieta si se pospone su ejecución. Un conjunto de gente capaz de hablar hasta las cinco de la mañana en un boliche sobre cómo va a cambiar las cosas, pero que nunca se propone realmente cambiarlas. La gimnasia intelectual es su hobby. Y la defensa de un ambiente intelectual que ya fue, pero les da seguridad, su estrategia.

Mi generación es más práctica: queremos usar las cosas disponibles y construir con ellas otras nuevas. Somos globales. No se nos ocurre “re-inventar la rueda”, ni nos preocupa mucho si es “celeste” o “verde amarelha” o China. Y la mentalidad del trancazo y la nostalgia de un mundo cuando “las cosas estaban claras”, nos impacienta.

Diez años atrás, ese Uruguay estaba en el mismo lugar que está exactamente ahora: corría peligro inminente de que colonizasen las mentes de sus niños a través de las XO. Venían los “chupetes verdes”. Venía el Imperio. ¿Se acuerdan? Bueno, ese Uruguay debe haberse equivocado, porque todo eso se hizo y todos lo aplauden. Pero diez años después insiste en que se encuentra ante el mismo fenómeno, con distinto nombre: Google. (¿Qué tendrá el Uruguay, tan pequeño y trasmano, que tantos poderosos lo codician?)

Hoy, si queremos asegurarnos de que todo siga igual, es sencillo: carguemos a Antel con algo que la supera y dejemos a los niños con las manos vacías. ¿O acaso alguien cree que podrá desarrollar un producto del nivel de Google Apps (Drive, Sheets, etc.) en un año? ¿Y en dos? ¿Y en cuatro? (Digo ANTEL, porque lo de la Udelar carece de seriedad: arreglen el Clínicas y después hablamos)
Hoy, en cambio, si somos capaces de hacer a un lado las discusiones bizantinas, tal vez podríamos conseguir tres cosas: 1 – Dotar de herramientas ágiles y de punta a los escolares, 2 – Mostrarles con nuestro ejemplo que el futuro puede no ser solo sentarse a hablar, sino hacer y 3 – Atraer a los de nuestra generación a formar parte de un proyecto dinámico y moderno. Basta de nostalgia y crítica sin futuro. Asumir el mundo como es y construir a partir de allí.

Este post fue publicado en Voces el 23/7/15

La mirada crítica – Houllebecq

Cuando yo era adolescente, en los años setenta, había más cosas permitidas. En la actualidad, el debate de ideas se limita a la detección de los derrapes. Una vez que el derrape ha sido cometido, el responsable puede disculparse; a eso se limitan sus derechos.

Michel Houllebecq entrevistado en El País, de España.

Lamentable, pero cierto demasiadas veces.